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    <title>LU9 Mar del Plata</title>
    <subtitle>Entrevistas exclusivas para informarse minuto a minuto de lo que acontece en Mar del Plata.</subtitle>
    <updated>2026-07-10T12:09:18+00:00</updated>
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            Dejá de correr, volvé a ser el dueño de tu tiempo: columna de Matías Pérez Rosso
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                <![CDATA[Matías Pérez Rosso]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/D-fB1ROUH3gMzGNBMKOntICgj_c=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lu9mardelplatacdn.eleco.com.ar/media/2026/07/tecnologia_y_tiempo.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>La promesa de la tecnología era darnos más tiempo libre. Según planteó el columnista Matías Pérez Rosso en LU9 Mar del Plata, ocurrió exactamente lo contrario: la vida se aceleró, el ocio quedó en falta y el estrés se convirtió en "la gran epidemia del siglo XXI". Bajo el título "Deja de correr: volvé a ser el dueño de tu tiempo", el analista repasó estudios sobre el impacto de lo digital en la vida cotidiana y dejó una serie de sugerencias concretas para recuperar el control del día.</p><p>El punto de partida, contó, fue una frase de un sociólogo español que leyó mientras preparaba la columna: "lo digital fue una promesa traicionera". La idea, resumió, es que "la tecnología llegó para mejorarnos la vida y lo que hizo fue quitarnos el tiempo". A partir de ahí, aseguró, empezó a rastrear investigaciones —entre ellas, dijo, una de la Universidad Nacional de Mar del Plata— que apuntan a una progresiva pérdida de la capacidad de tener tiempo ocioso.</p><p>Una promesa que se dio vuelta</p><p>Pérez Rosso recordó que la tecnología prometía optimizar los procesos de la vida diaria, sobre todo en el trabajo y el estudio: acelerar tareas para que quedara más tiempo libre. "Esa era la idea y era la gran ilusión", planteó. Sin embargo, sostuvo, "sucedió todo lo contrario".</p><p>El resultado, según su análisis, es una notoria pérdida del tiempo de ocio acompañada de estrés, ansiedad, insomnio y hasta cuadros depresivos, además de una tendencia a la "deshumanización" en el trato cotidiano.</p><p>Acelerados y desconectados del otro</p><p>Para el columnista, correr todo el día tiene un costo concreto en los vínculos: "dejamos de ver nuestro alrededor" y de empatizar con el otro, describió. Puso ejemplos simples, como querer que en el comercio "me den las cosas rápido" para irse, o no tener tiempo para escuchar en casa lo que le pasa al otro.</p><p>Buena parte del problema, señaló, es que se rompieron los límites de lo laboral. Hoy un mensaje de trabajo puede llegar "a cualquier hora" y se instala la obligación de contestarlo, aun cuando la jornada terminó hace horas. Esa presión permanente, advirtió, genera más irritabilidad y desconfianza. Y así proliferan conceptos como la "pobreza del tiempo" y la idea del tiempo como el bien más preciado, por encima de lo material.</p><p>La multitarea que suma errores</p><p>Otro eje de la columna fue la multitarea. Pérez Rosso planteó que hacer varias cosas a la vez —contestar mensajes mientras se cocina, revisar el celular en el transporte, escuchar a los hijos y trabajar en simultáneo— no rinde: "aumenta los errores indefectiblemente".</p><p>Ese "no deberíamos estar haciendo dos cosas a la vez", dijo, deriva en la sensación de hacer algo sin registrar que se lo está haciendo, y en el consecuente cansancio y bronca. Por eso sostuvo que "bajar un cambio empieza a ser un lujo necesario y no un capricho".</p><p>"Estoy hasta las manos": una frase para desarmar</p><p>El columnista puso el foco en una expresión que, dijo, se volvió socialmente bien vista: "estoy hasta las manos". Estar siempre ocupado, planteó, empezó a leerse como un valor —"esa persona está full, está muy bien"—, cuando en realidad, sostuvo, muchas veces indica lo contrario: que "la está pasando muy mal".</p><p>La propuesta, aclaró, no es señalar lo que "se debería hacer", porque a él mismo le pasa, sino tomar conciencia: registrar cuándo la adicción al trabajo y a las responsabilidades dejó de ser un logro para transformarse en un problema, y "hacer algo para que eso cambie".</p><p>Ocio, respiración y límites: las sugerencias para recuperar el tiempo</p><p>Sobre el cierre, Pérez Rosso reivindicó el ocio como fuente de creatividad —"la creatividad sale del ocio", afirmó— y dejó una serie de recomendaciones para quienes quieran empezar a bajar un cambio:</p>Reservar, si se puede, entre 20 y 30 minutos de siesta para que "el cerebro se resetee".Cuidar el momento de la comida y comer tranquilo, sin contestar mensajes.Practicar respiración consciente cuando se percibe la aceleración: "listo, tranquilizo, respiro".Mover el cuerpo —caminar, correr, andar en bici— para desacelerar y desconectar la cabeza.Poner límites horarios y avisar que, fuera del horario laboral y salvo urgencia absoluta, se responde al día siguiente.Evitar el celular en los ámbitos sociales, un hábito que, señaló, en otros lugares del mundo ya se considera de mala educación cuando el teléfono está sobre la mesa.<p>"La tecnología llegó supuestamente para ayudarnos, pero hicimos que se acelere todo mucho más", cerró. La clave, según Pérez Rosso, es tomar conciencia y construir "pequeños hábitos" que permitan bajar un cambio y entender que "estar hasta las manos no está bueno".</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/D-fB1ROUH3gMzGNBMKOntICgj_c=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lu9mardelplatacdn.eleco.com.ar/media/2026/07/tecnologia_y_tiempo.webp" class="type:primaryImage" /></figure>En "Tarde para Armar" con Maricel Lopez, el columnista y tecnólogo Matías Pérez Rosso, habló sobre la tecnología, y las ventajas y desventajas que ha traído a los humanos.]]>
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                                <updated>2026-07-10T12:09:18+00:00</updated>
                <published>2026-07-10T11:51:24+00:00</published>
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            La elección vocacional en tiempos de IA: columna de Matías Pérez Rosso
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                <![CDATA[Matías Pérez Rosso]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/sSRbs-I7PAIlRF_ZlPkh0Me1eIs=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lu9mardelplatacdn.eleco.com.ar/media/2026/06/ia_en_el_trabajo.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Elegir qué estudiar a los 17 años siempre fue un momento difícil, pero la irrupción de la inteligencia artificial sumó una capa de incertidumbre: carreras nuevas que aparecen, otras que están en tensión y el temor a ser reemplazado por una máquina. En su columna en LU9 Radio Mar del Plata, el especialista Matías Pérez Rosso propuso desdramatizar esa decisión y entenderla como un proceso de largo aliento, "para fondistas", que puede revisarse a cualquier edad.</p><p>Pérez Rosso planteó que la elección vocacional está atravesada por las expectativas familiares y por un escenario laboral que cambia de manera vertiginosa. Frente a esa presión, propuso un cambio de enfoque: dejar de buscar el plan perfecto y empezar a descartar, conocerse y trazar un rumbo, aunque ese rumbo se modifique con los años.</p><p>El especialista remarcó que hoy la oferta educativa es mucho más amplia que en otras épocas —cursos cortos, formación virtual y presencial, tecnicaturas, títulos intermedios— y que esa diversidad, si bien abre puertas, también puede volver la decisión más frustrante. Por eso ofreció una guía con pasos concretos.</p><p>Primer paso: descartar lo que no gusta y pensar el estilo de vida</p><p>El primer movimiento, según Pérez Rosso, es revisar aquello que uno no quiere hacer: "vamos a descartar aquello que sinceramente no me voy a dedicar nunca". El objetivo es achicar la lista de opciones y sacar del medio los mandatos familiares, ese "porque es el hijo del doctor, tiene que ser doctor", que muchas veces condiciona la elección.</p><p>A ese descarte el especialista le sumó un ejercicio clave: imaginar qué estilo de vida se quiere. Trabajar en una oficina o en la calle, de forma presencial o virtual, para una empresa o de manera independiente. "Imaginarse si realmente me gusta trabajar presencial todos los días de 8 a 5", graficó, como manera de aterrizar la profesión ideal a la vida real.</p><p>Segundo paso: en qué soy bueno (que no es lo mismo que la pasión)</p><p>El segundo punto, advirtió, exige sinceridad: preguntarse en qué se es bueno, y no en qué se tiene pasión. Para Pérez Rosso "son dos cosas diferentes". Puso un ejemplo: alguien puede soñar con ser ingeniero de la NASA por amor a las estrellas, pero debe evaluar el contexto, el camino a recorrer y tener siempre un plan alternativo, porque "no siempre se da".</p><p>Detectar las propias habilidades, sostuvo, permite disfrutar del progreso. Cuando uno avanza en algo en lo que se siente cómodo, percibe los logros y eso alimenta las ganas de seguir creciendo. Hacerlo en un terreno ajeno, en cambio, vuelve el esfuerzo cuesta arriba.</p><p>Tercer paso: tener un norte, aunque el plan no sea perfecto</p><p>El tercer paso es más estratégico: definir un rumbo. El especialista insistió en que no hace falta el plan perfecto, porque "si esperamos a que llegue el plan perfecto, no llega nunca". La clave es dar el primer paso y saber cuál es el norte, para no perder tiempo y energía ante las múltiples tentaciones —una carrera que "está buenísima", un curso atractivo— que aparecen en el camino y desvían del objetivo.</p><p>La duda existencial y los cambios de carrera</p><p>Pérez Rosso anticipó un cuarto momento, "durísimo": la duda existencial. Tarde o temprano, dijo, llega el "me equivoqué" o el "terminé decidiendo lo que mamá quería". Eso puede aparecer cerca de los 20, con un cambio rápido de carrera, o más adelante, en lo que llamó la "crisis de los 40", cuando uno siente que necesita nuevos desafíos y todavía tiene "media vida por delante".</p><p>Sobre su propia experiencia, el especialista contó que terminó su última carrera universitaria a los 42 años —la tercera— y que a los 20 jamás se hubiera imaginado en ese lugar. "La vida te lleva a que vayas tomando decisiones", resumió. También señaló que ya es común ver a padres que retoman estudios cuando sus hijos entran a la facultad, en muchos casos en carreras que nada tienen que ver con su primera elección, "porque el mundo cambia vertiginosamente y nosotros cambiamos con él".</p><p>El éxito a los 20 es un mito de las redes</p><p>El especialista dedicó un tramo a desmitificar la idea del éxito temprano. Las redes muestran al joven que inventó una startup y se hizo millonario a los 21, pero esos casos, advirtió, son un porcentaje muy bajo y muchas veces habría que revisar "si realmente sucedió así como lo cuentan".</p><p>En ese punto citó un estudio del MIT que, según indicó, demuestra que el éxito en los emprendimientos se da más en personas de entre 45 y 50 años que en jóvenes de 20 a 25. La investigación a la que aludió, encabezada por el economista Pierre Azoulay (MIT) junto a la Oficina del Censo de Estados Unidos, analizó 2,7 millones de fundadores y concluyó que la edad promedio de quien funda las empresas de más alto crecimiento es de 45 años, contra la imagen difundida del emprendedor veinteañero. El mensaje, para Pérez Rosso, es esperanzador: muchos encuentran lo que los hace felices laboralmente bastante después de lo que creían.</p><p>Vuelven los oficios y las empresas miran qué sabés hacer</p><p>Para el especialista, el sistema educativo "se desestructuró" y hoy conviven la universidad, el terciario, las tecnicaturas y los cursos cortos, con una mirada mucho más benévola hacia los oficios. Recordó que durante años existió cierta "vergüenza" en decir que se tenía un título terciario, algo que —celebró— quedó atrás.</p><p>Pérez Rosso aseguró que en los departamentos de Recursos Humanos de grandes empresas ya no se mira tanto el currículum ni dónde se recibió la persona, sino lo que sabe hacer y cómo resuelve un problema concreto. En ese escenario, ganaron peso las habilidades blandas: compañerismo, trabajo en equipo, buena comunicación, manejo del estrés y comunicación asertiva. "Es mejor tener a alguien proactivo, con buena empatía; todo lo demás se forma", planteó.</p><p>Equivocarse no es un fracaso</p><p>El cierre fue un mensaje directo contra el peso de la frustración. Para Pérez Rosso, equivocarse de carrera "no es un fracaso" y nunca hay que sentir vergüenza por volver a empezar. Al contrario: lo definió como "un valor fabuloso", una señal de que la persona conserva "el fuego para querer hacer algo nuevo".</p><p>Por eso, descartó de plano la idea de que "se te pasó el cuarto de hora". "No se le pasa el cuarto de hora a nadie", remató, al sostener que, con energía y ganas, desafiarse a empezar un nuevo camino está bueno a cualquier edad. El gran valor de la vida, agregó, es poder darse la posibilidad de ser "dos cosas totalmente diferentes".</p><p>&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/sSRbs-I7PAIlRF_ZlPkh0Me1eIs=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lu9mardelplatacdn.eleco.com.ar/media/2026/06/ia_en_el_trabajo.webp" class="type:primaryImage" /></figure>En "Tarde para Armar" con Maricel López, el columnista Matías Pérez Rosso, tecnólogo, habló sobre las nuevas generaciones y cómo trabajar la elección de una futura vocación en tiempos de la Inteligencia Artificial y tecnologías.]]>
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                                <updated>2026-06-17T20:41:07+00:00</updated>
                <published>2026-06-17T20:29:43+00:00</published>
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            Síndrome del Impostor vs efecto Dunning-Kruger: columna de Matías Pérez Rosso
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                <![CDATA[Matías Pérez Rosso]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/C9T2RTxvX2r-VbaDYP6P3xH74Xw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lu9mardelplatacdn.eleco.com.ar/media/2026/06/efecto_dunning_kruger.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>El efecto Dunning-Kruger y el síndrome del impostor no son condiciones de otros: conviven en una misma persona y las redes sociales potencian sus dos caras. Así lo analizó el columnista y tecnólogo Matías Pérez Rosso en su columna por LU9 Radio Mar del Plata, donde explicó que hay quienes hablan con total seguridad de lo que apenas conocen, mientras que muchos de los más capacitados dudan permanentemente de lo que saben.</p><p>Pérez Rosso advirtió que esa dinámica no es inocua: las redes premian la seguridad construida "sobre la nada misma" y dejan en silencio a quienes tienen una construcción de conocimiento más sólida. El planteo, sostuvo, atraviesa el trabajo, la política y la educación, y propuso un camino de salida basado en el equilibrio: ni castigarse por las propias dudas ni dejarse convencer por quien aparenta saberlo todo.</p>Dos sesgos que conviven en una misma persona<p>Para abrir la charla, el columnista recuperó una reflexión atribuida al filósofo y matemático Bertrand Russell, según la cual el problema de la humanidad es que "los estúpidos están seguros de todo y aquellos que son inteligentes están llenos de dudas". A partir de esa idea, explicó que el efecto Dunning-Kruger —un sesgo estudiado— describe a personas que creen saber mucho y tienen la habilidad de convencer a otros, mientras que el síndrome del impostor empuja a quienes sí están formados a dudar de su propio conocimiento.</p><p>Pérez Rosso aclaró que sentir nervios antes de hablar de un tema no es una señal negativa, sino "un síntoma de responsabilidad": indica que la persona está elevando la vara y saliendo de su zona de confort. El problema, en cambio, aparece cuando alguien encara una exposición convencido de que "la tiene atada" sin haber hecho el trabajo previo.</p>La edición que disfraza el conocimiento<p>Buena parte del fenómeno, señaló, se amplifica en plataformas como Instagram, donde los algoritmos acercan perfiles que hablan de todos los temas con enorme seguridad. El columnista describió cómo un contenido puede "endulzarse" y editarse: grabarlo varias veces, sumarle el mejor sonido y la mejor imagen y recortarlo en un video de 25 segundos hasta que parezca una verdad absoluta.</p><p>En verdad, advirtió, eso no es más que "una edición y un recorte" con estrategias para que alguien parezca saber. Saber comunicar un tema, remarcó, no significa tener el conocimiento incorporado, una distinción clave frente a perfiles que encadenan videos sobre navegación, petróleo o ciencia y "convencen a las masas" de que dominan todo.</p>Del aula a la empresa: cuando la seguridad escala posiciones<p>El analista trasladó el planteo al mundo laboral y político. Las personas con más seguridad, explicó, suelen escalar posiciones con mayor facilidad y, en muchos casos, terminan tomando decisiones importantes "desde una base muy inestable", rodeadas de asesores que las ayudan a sostener lo que en realidad no saben.</p><p>Para graficarlo sin involucrar colores partidarios, imaginó un escenario ficticio —"Narnia"— con dos candidatos: uno entrenado para decir las palabras correctas en el momento justo y otro que no. El que está coucheado, observó, tiene muchas más chances de acceder al cargo. Esa misma lógica, agregó, aparece en las empresas y también en las aulas, donde muchos crecieron sintiendo que sus compañeros "sabían de todo" simplemente porque eran buenos oradores y levantaban siempre la mano.</p>Las redes: los que menos saben, los que más opinan<p>Pérez Rosso puso el foco en el comportamiento en redes. Según planteó, está comprobado que quienes menos saben son los que creen saber más y, a la vez, los que más participan en los debates, especialmente en plataformas como X (ex Twitter). Ese mismo grupo, sostuvo, concentra los rasgos más impulsivos y violentos en las discusiones.</p><p>En contraste, las personas que están construyendo conocimiento y prefieren seguir analizando antes de opinar tienden a no sumarse a esos intercambios. El columnista valoró, en ese sentido, que empiece a verse mejor la actitud de reconocer los límites propios, con frases como "ese dato no lo tengo, lo voy a profundizar" o "bancame que te lo averiguo".</p>La trampa de la lupa y el valor de decir "no lo sé"<p>Sobre el síndrome del impostor, el tecnólogo introdujo lo que llamó "la trampa de la lupa": esa voz interna que, ante un mal momento, dicta sentencias como "soy el peor" a partir del recorte de un solo instante. Esa mirada, explicó, es profundamente subjetiva y suele agravarse en un mal día o tras una noche sin dormir.</p><p>La propuesta, concluyó, es hacer "recortes más grandes" y ser más benévolo con uno mismo, del mismo modo en que se consuela a un amigo cuando se equivoca. Para Pérez Rosso, la clave pasa por construir desde el equilibrio: entender que muchos de los que hablan con seguridad están "a la misma altura" que el resto y que lo importante es aprender un poco más cada día sin flagelarse por lo que todavía no se comprende.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/C9T2RTxvX2r-VbaDYP6P3xH74Xw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lu9mardelplatacdn.eleco.com.ar/media/2026/06/efecto_dunning_kruger.webp" class="type:primaryImage" /></figure>En "Tarde para Armar" con Maricel Lopez, el columnista y tecnólogo Matías Pérez Rosso habló sobre el Efecto Dunning-Kruger y salud mental, que puede dar lugar al síndrome del impostor , es decir, la persistente sensación de ser un fraude.]]>
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                                <updated>2026-06-10T20:25:05+00:00</updated>
                <published>2026-06-10T20:13:27+00:00</published>
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